martes, 7 de febrero de 2012

Drakkars y Knorrs, la exquisitez naval vikinga


Alzado de un drakar, un modelo representativo de las naves vikingas.

El drakkars fue en realidad la primera nave construida por el hombre, concebida y debidamente preparada para afrontar largas travesías en las más duras condiciones meteorológicas. Los drakkars eran ligeros, resistentes y muy polivalentes. Su aparejo estaba concebido con un gran sentido de la funcionalidad, ya que se podía abatir el palo para navegar exclusivamente a remo y maniobrar en la costa independientemente de la fuerza del viento. Existen diversas descripciones de drakkars en las que se reseña una tripulación de 80 remeros, por lo que se supone que las naves debían sobrepasar con facilidad los 45 metros. El maderamen presentaba unas 16 hiladas fijadas con remaches, calafateadas con cabo y pelo de animal embreados. La quilla era una pieza única de madera, de 17 a 20 metros de longitud. Los drakkars generaron el barco de combate puro, que no apareció claramente definido hasta el siglo XI en Normandía. Estas naves eran notablemente alargadas y de formas finas, capaces de alcanzar a vela puntas de velocidad de hasta 12 nudos, característica que los hacía muy temibles en las incursiones de combate.
El Knorr estaba preparado para el transporte oceánico. Era un barco relativamente ancho, en el que primaba la estabilidad sobre la velocidad. Su diseño se perfeccionaba constantemente gracias a las frecuentes travesías de altura, especialmente entre Islandia y Groenlandia. Su gran capacidad permitía transportar varias familias de colonos en solo barco, con todos sus pertrechos y animales, en viajes a miles de millas de distancia. Por lo general, un Knorr tenía una eslora de 24 metros de longitud por 5,5 metros de manga, aunque los había de distintos tamaños. Era un auténtico barco mercante que, pese a ser sensiblemente más lento que los de guerra, podía llegar a alcanzar de 8 a 10 nudos.
Con la admirable construcción de los Knorr y drakkars, los maestros de ribera vikingos llegaron a su máximo esplendor. El maderamen solía ser de pino, probablemente procedente del sur de Noruega; la quilla y las varengas eran de roble, y las cuadernas y baos de tilo. Disponían de un alto francobordo, lo que, unido a la considerable anchura y redondez del casco, les confería unos interiores muy amplios, capaces de albergar espacios para el ganado, los enseres pesados y la tripulación. Disponía de medias cubiertas a proa y a popa, por lo que el centro quedaba abierto a modo de gran bodega. El mástil era, como siempre, abatible, y soportaba una vela cuadra con una verga de entre 12 y 15 metros de longitud. En todos los barcos vikingos, la quilla era un modelo de solidez y sentido práctico. En los barcos posteriores al de Gokstad, la quilla se afianzó como pieza fundamental del barco. Era sólida y sabiamente diseñada para permitir as varadas en las playas con facilidad, de modo que protegía las tablas más bajas del roce constante de la arena. Estaba cubierta por una sobrequilla que soportaba las varengas y los genoles. El maderamen típico de los barcos grandes consistía en 16 hiladas montadas en tingladillo. Las ocho hiladas inferiores iban sujetas a las varengas por medio de pasadores distribuidos a lo largo de ellas. El resto de las tablas superiores iba simplemente clavado. La carlinga del palo se apoyaba en seis baos, lo que le confería una gran solidez. Los remos iban colocados en chumaceras circulares o cuadradas practicadas en los costados, y los remeros se sentaban sobre sus propios cofres de enseres personales o, en algunos casos, sobre banquetas móviles. Poseían altos guindastes que permitían extender una gran lona que cubría a la tripulación para protegerla del frío, la lluvia y la nieve.