domingo, 15 de enero de 2012

Las guerras Púnicas y la eclosión de Roma


Diversas naves cartaginesas y romanas del siglo III a.C., representadas en un grabado del siglo XIX.

Tras el dominio griego y cartaginés, Roma apareció en el panorama mediterráneo como una potencia que, paulatinamente y de forma imparable, iba extendiendo su imperio por la zona, cuyas costas llegó a dominar por completo hacia el año 14 d.C. Cuando Roma derrotó a Cartago, su gran rival en las guerras Púnicas, en el Mediterráneo Occidental se sentaron las bases del Imperio romano.
Mientras Alcibíades trataba de controlar el sur de Italia durante la guerra del Peloponeso, más al norte, en el corazón de la península itálica, una pequeña ciudad amurallada, Roma, luchaba contra los etruscos por el dominio de su territorio. Roma no fue considerada dentro de la estrategia ateniense en el Mediterráneo Occidental, cuyo principal y casi único objetivo consistía en doblegar las colonias aliadas de Esparta para atacar posteriormente Cartago. El fracaso rotundo de los atenienses en Siracusa y su derrota final frente a Esparta dejó a Cartago como la única potencia dominante en el oeste. Hacia 387 a.C., Roma logró someter totalmente a los etruscos, al mismo tiempo que, derrotada Atenas, Esparta iniciaba su hegemonía en el Mediterráneo Oriental y Cartago veía con recelo el paulatino aumento de poder de Roma en la península Itálica.
Durante la época de Alejandro Magno, cuando el gran rey macedonio conquistaba Anatolia, Egipto, Fenicia, Persia y llegaba al norte de la India, hechos que acontecieron entre 334 y 326 a.C., Roma pasó desapercibida debido a que el gran objetivo del hijo de Filipo II era la conquista del Imperio persa. Según él, los pueblos del Mediterráneo Occidental eran bárbaros, sin ningún interés para el Imperio helénico, que quería expandirse hacia Asia.

Cartago, primera potencia marítima


Batalla naval en las costas de Sicilia durante la primera guerra Púnica, hacia 241 a.C.

Muerto Alejandro Magno en 323 a.C., su sucesor, el general macedonio Pérdicas, fue asesinado al año siguiente, y el imperio que había creado, falto de organización política y administrativa, derivó pronto en una situación de caos. Sus generales combatieron entre sí para formar reinos independientes que se fueron desmembrando progresivamente. Los reinos más estables fueron los fundados por Ptolomeo Sóter, en Egipto, y por Seleuco, en Siria. En aquella época se asentó un periodo de supremacía cultural helenística en el Mediterráneo Oriental y Oriente Medio. Alejandría, la ciudad fundada por Alejandro Magno en Egipto, en la desembocadura del Nilo, vino a sustituir a Atenas como capital cultural. También debe atribuirse a la dinastía ptolemaica la apertura de Egipto al mar.
Cuando Alejandro Magno ocupó Tiro en 332 a.C., Cartago no pudo hacer absolutamente nada para evitar la caída de su metrópoli, pues los macedonios tenían problemas en su principal y estratégica posesión, Sicilia, y sufrían otros graves desórdenes internos. Sin embargo, el desinterés del rey macedonio por todo lo que ocurriera más allá del mar Jónico dejó a Cartago sin más preocupaciones que asentar su comercio, parcialmente truncado con la caída de Tiro. Al sucumbir el poder alejandrino, Cartago amplió sus posibilidades de Expansión y se convirtió rápidamente en la gran potencia marítima del Mediterráneo. Cartago dirigía un poderoso imperio comercial: su influencia abarcaba toda la costa noroccidental de África, desde el Atlántico hasta Egipto, la mayor parte del levante y el sur de la península Ibérica, así como las islas Baleares, Cerdeña, Malta y Sicilia.
Por aquel entonces, Cartago mantenía un pacto comercial con Roma, basado en una serie de tratados, el último de los cuales fue firmado en 348 a.C.; en él se ofrecía claras ventajas a los púnicos (que es como llamaban los romanos a los cartagineses) para ejercer el control del comercio. Pero, entre 336 y 300 a.C., Roma fue aumentando su poder, y llegó a dominar prácticamente toda la mitad sur de la península Itálica; entonces, Cartago se vio obligada a firmar un nuevo acuerdo, en 306 a.C., en el que renunciaba al comercio con Italia, aunque seguía manteniendo el control de Sicilia y la península Ibérica. Estaba claro para Cartago que el poder romano iba a ser el principal obstáculo para su expansión.

Roma se abre al mar


Relieve en piedra en el que aparece una trirreme romana de transporte costero de pasajeros (Museo Nacional de Nápoles).

El senado de la república de Roma, que por entonces ya contaba con una sólida y eficiente estructura política y administrativa, se dio cuenta inmediatamente de que, si quería seguir con sus planes de expansión, debía crear una poderosa flota naval. Sicilia era su gran objetivo, pues, aparte de la situación estratégica de la isla en medio del Mediterráneo, allí se encontraban las más importantes colonias comerciales griegas y cartaginesas. No había otra forma de ocupar Sicilia si no era por mar; ya el primer intento de desembarcar en Mesina, hacia 270 a.C., fue rechazado por los cartagineses de forma humillante para los romanos. Esta escaramuza, sin embargo, provocó dos efectos de gran trascendencia: por un lado, Cartago creyó firmemente en la eficacia de sus fuerzas; por otro, el senado de Roma dio la orden de empezar a construir una flota en los arsenales de Ostia con la mayor celeridad. Al poco tiempo, el equilibrio de fuerzas navales iba a cambiar.
Los romanos eran conscientes de sus escasos conocimientos en construcción naval y de su ignorancia acerca de las tácticas y técnicas de navegación. Esta situación era comprensible, ya que nunca habían tenido necesidad de utilizar el mar; sus conquistas habían sido siempre terrestres y su fuerza militar se basaba en sus bien organizadas legiones. En segundo lugar, los romanos nunca habían tenido vocación marítima, tanto comercial como militar. La única referencia que tenían sobre barcos y conflictos marítimos eran las naves cartaginesas y griegas que recalaban en sus puertos para comerciar, y su única experiencia en carpintería de ribera consistía en la construcción de pesqueros y galeras para cabotaje.
Después del desastroso intento de atravesar el estrecho de Mesina, los romanos tuvieron un golpe de suerte: una quinquirreme cartaginesa naufragó frente a las costas de Italia meridional y la embarcación quedó, con muy pocos desperfectos, varada en una playa. La quinquirreme es una embarcación de la que se tienen muy pocas referencias: se trataba, probablemente, de una trirreme con cinco remeros en cada juego de tres remos "dos tranitas, dos zygitas y un talamita", de grandes dimensiones y provista de dos palos iguales que aparejaban sendas velas cuadras. Estas velas impulsaban aquellas enormes naves con gran fuerza; incluso podían remontar el viento, gracias a que eran capaces de adelantar las espadillas del timón y acercar así la proa a la dirección del viento al adelantarse el centro de deriva del casco. Los cartagineses armaban estas quinquirremes con una catapulta a proa, un arma temible que podía lanzar piedras capaces de hundir una birreme de un único impacto.
La quinquirreme capturada estaba casi intacta y los romanos la llevaron a Ostia custodiada como un tesoro. También tenían como modelo varios mercantes griegos capturados o comprados; tan sólo tuvieron que copiar. Los romanos recurrieron a los mejores carpinteros de ribera, principalmente griegos, y los reclutaron para trabajar en la construcción de una nueva flota. A priori, el proyecto parecía descabellado: se trataba de construir una flota de 100 quinquirremes y 20 trirremes. El esfuerzo que se realizó en los arsenales de Ostia fue enorme, y se pudo llegar al objetivo gracias a un prodigio de planificación e ingeniería que maravilló a los cronistas griegos de la época. Para solventar el problema de las tripulaciones, recurrieron también a los entrenadores de los remeros griegos. Construyeron bancos de remos en tierra y reclutaron a agricultores que siguieron un minucioso plan de entrenamiento, de modo que, cuando se botaron las primeras naves, ya había remeros preparados para tripularlas. En apenas dos años, el proyecto se completó y Roma disponía de una flamante y poderosa flota con la que enfrentarse a Cartago.

La poderosa flota de Roma

Los esfuerzos para preparar una flota que pudiera enfrentarse a Cartago hicieron posible que, en un margen reducido de tiempo, la potencia terrestre de Roma se convirtiera también en marítima. Las hostilidades con Cartago comenzaron en Sicilia. En el año 264 a.C., el tirano de Siracusa, Hierón II, atacó la ciudad de Mesina, que había sido ocupada varios años antes por los mamertinos, mercenarios itálicos contratados por Siracusa para oponerse a los cartagineses; éstos dominaban la mitad oeste y central de la isla. Los marmetinos pidieron ayuda a Roma, y el Senado, tras debatir largamente una respuesta, decidió enviar sus legiones a Sicilia. Comandaba las fuerzas el cónsul Apio Claudio Cáudex; era la primera vez en la historia que las tropas de Roma se aventuraban en el mar. Tras varias tentativas de llegar a un acuerdo con Hierón II, quien inicialmente se alió con los romanos, el enfrentamiento quedó claramente definido entre Roma y Cartago. Comenzó entonces una larga guerra que duró más de cien años, desarrollada en tres episodios, con dos periodos de tregua; después de este largo lapso de tiempo, Roma no sólo afianzó su poder en el Mediterráneo, sino que se convirtió en un imperio, el más poderoso hasta el momento en cuanto a extensión, poder político y organización social, y en cuyo seno se desarrollaron los conceptos que dieron origen a la cultura occidental.

La primera guerra Púnica


Relieve en piedra que muestra una birreme romana con legionarios formados en la cubierta. Los romanos trasladaron a la guerra naval sus conceptos básicos de la lucha en tierra, basada en sus eficaces legiones.

Los éxitos militares de Roma han pasado a los anales de la Historia. Al principio, las ciudades sicilianas de Catania y Enna siguieron el ejemplo de Siracusa y se rindieron. En 262 a.C., las legiones de Roma sitiaron y destruyeron, desde tierra, el puerto cartaginés de Agrigento. Pero, tras muy duros combates, el puerto de Lilibeo (ciudad cercana a la actual Marsala), en el extremo oeste de la isla, seguía sin rendirse gracias a la protección de la flota cartaginesa. Por entonces, los romanos se dieron cuenta de que necesitaban una flota más potente para completar la conquista de la isla y luego saltar a África; con ese objetivo, el Senado aprobó una reactivación de la construcción de barcos de guerra.
Los senadores mostraban sin embargo, una gran preocupación. Cartago era la potencia naval que dominaba el Mediterráneo occidental con la que entonces era la mayor y mejor flota del mundo. Por otra parte, los ingresos del tesororomano eran muy bajos comparados con los que obtenía Cartago de su inmenso imperio colonial. La construcción de la flota romana era muy costosa y, aún así, muchos senadores dudaban de su efectividad frente a los expertos y aguerridos marinos cartagineses, herederos de la gran tradición fenicia. Ante la carencia de expertos en táctica naval, los romanos actuaron con su característico sentido práctico y fueron a buscarlos allí donde los había: contrataron como mercenarios a piratas y navegantes griegos (éstos últimos debían tomar las decisiones puramente navales). Crearon su propia táctica de combate, basada en la única fuerza que conocían bien: la de sus disciplinadas legiones del ejército de tierra. Concebieron de este modo una forma de ataque basada en un rápido abordaje, para que sus bravos y entrenados soldados hicieran valer su superioridad en la lucha cuerpo a cuerpo.
En la primavera de 260 a.C., en los astilleros romanos se logró construir un centenar de quinquirremes y una veintena de trirremes. Se emprendió de nuevo una vasta operación de reclutamiento y entrenamiento de remeros. Una gran flota, comandada por Cayo Duilio Nepote, zarpó hacia Sicilia. Nepote había diseñado un artiligio que incorporaba a la proa de las naves: se trataba del corvus (cuervo en latín), una pasarela articulada dotada de un enorme gancho puntiagudo de hierro que, al dejarse caer, aferraba el barco enemigo y permitía a los soldados asaltarlo y combatir cuerpo a cuerpo.

La batalla de Milazzo: primera aventura naval de Roma


Grabado que muestra una escena de la batalla de Milazzo, donde una galera romana lucha contra una cartaginesa. Los legionarios romanos han alcanzado al barco enemigo a través del Corvus, que mantiene unidas a ambas naves.

Los cartagineses desconocían la estrategia romana del corvus y confiaban en su dominio del lanzamiento balístico de grandes piedras, disparadas con las catapultas de sus quinquirremes. Por otra parte, los marinos cartagineses despreciaban a los romanos, a quienes consideraban pobres agricultores inexpertos en cuestiones marineras; además, los habían vencido en casi todas las escaramuzas que se habían producido cerca de Sicilia. Por este motivo, cuando tuvieron noticia de la expedición romana, que había partido de varios puertos del Adriático, reunieron una flota de 125 naves de guerra y se dirigieron hacia Mesina confiados en su superioridad. Comandaba la flota cartaginesa Aníbal (al que no debemos confundir con Aníbal Barca, el general cartaginés que lideró la segunda guerra Púnica 51 años después), quien ordenó poner rumbo hacia la costa norte de Sicilia.
En el verano de 260 a.C., la primera referencia que tuvieron los cartagineses de la presencia romana en aguas cercanas a Mesina la obtuvieron de unos pescadores, que les hablaron de más de 100 inmensas galeras, con miles de legionarios a bordo. Las naves de reconocimiento de la flota cartaginesa avistaron a la flota romana navegando por el estrecho de Mesina y pudieron corroborar esta información: una flota de 120 naves, la mayoría quinquirremes y muchas trirremes, navegaba hacia el norte de Sicilia. A los mandos cartagineses no les impresionó esta cantidad. Las observaciones también informaron de que las galeras romanas eran pesadas y lentas, y estaban tripuladas en su mayoría por remeros y marinos entrenados apresuradamente. Los cartagineses decidieron interceptar a los romanos tan pronto como éstos salieran del estrecho de Mesina. El decisivo enfrentamiento se produjo frente a Milazzo. Las magníficas naves cartaginesas iban tripuladas por remeros y marinos de élite, los mejores de su flota. Pero los romanos sorprendieron a los cartagineses maniobrando para situarse paralelamente a sus barcos. En principio, ésta no se consideraba una posición faborable, ya que la maniobra más adecuada y también la más difícil de realizar consistía en situarse en posición perpendicular para embestir con el espolón de proa, de modo que los cartagineses no se alarmaron ante las maniobras de los romanos. Con lo que no contaban era con los corvi diseñados por Duilio, que resultaron muy efectivos y facilitaron el feroz abordaje de los romanos.
Los legionarios romanos, dificilmente superables en el combate cuerpo a cuerpo, saltaron sobre las naves enemigas y libraron una batalla "terrestre" sobre las cubiertas de los barcos de los atónitos cartagineses, cuyos excelentes marinos (que ocupaban las naves en mayor número que los propios soldados) no daban crédito a lo que estaban viendo. Los soldados romanos se abalanzaban sobre las desguarnecidas cubiertas de las galeras, cuyos arqueros poco daño habían causado a las naves romanas durante la aproximación en paralelo, debido a la bien concebida protección contra las flechas de sus empavesadas; además, la rapidez del ataque impidió la utilización de las catapultas. La derrota de Cartago fue tan espectacular como inesperada: 14 barcos de su flota fueron hundidos y 31 capturados, y 7.000 marinos y soldados cartagineses murieron en la batalla. Es indudable que este triunfo se logró gracias a la planificación y a la posterior aplicación de tácticas y estrategias que subvirtieron las pautas de combate establecidas; dichas tácticas se convirtieron en propias de los romanos y sustentaron la expansión de Roma y la formación de su imperio. Aún así, Cartago contaba con muchos más barcos y Lilibeo continuaba intacta.

La batalla de Ecnomo


Representación de varias galeras romanas de transporte costero a remo, perteneciente al relieve de la columna Trajana.

La sorprendida Cartago se vio obligada a reaccionar. Esto significó la acelerada construcción de nuevos barcos, por lo que sus astilleros tuvieron que ponerse a trabajar frenéticamente, las importaciones de madera se reactivaron de forma desmesurada y los costes económicos de la guerra empezaron a dejarse sentir. A consecuencia de la victoria de Milazzo, los romanos avanzaron por tierras sicilianas. Después de cuatro años en los que se produjeron varias escaramuzas navales (aunque sin avances significativos) en Lilibeo, en  256 a.C., los romanos lanzaron una nueva ofensiva terretre mientras los cartagineses trataban, en vano, de recuperar la alianza con Siracusa. Al mismo tiempo, el Senado romano, ante la depauperación del tesoro público, abogó por un rápido final de la guerra, y se proyectó un ataque a Cartago en territorio africano para obligar al enemigo a afirmar un armisticio.
Para esta campaña, Roma preparó una flota de más de 300 barcos y 90.000 hombres. La espectacular fuerza militar navegó desde el sur de Italia hacia África, costeando el sur de Sicilia. A la altutra del cabo de Ecnomo, la poderosa escuadra romana se encontró con la cartaginesa, compuesta por un número similar de naves (algunos historiadores aumentan la cifra a 350 barcos). Comandaban la flota romana los cónsules Marco Atilio Régulo y Lucio Manlio Vulsone, mientras que el mando de la cartaginesa lo ostentaban el general Amílcar (al que no se debe confundir con Amílcar Barca) y Hannón el Grande, un aristócrata terrateniente que había invertido grandes sumas de dinero para rehacer la flota cartaginesa.
El enfrentamiento fue muy duro y los romanos lograron romper la línea frontal que establecieron los cartagineses. La victoria fue para Roma, pero le costó un alto precio: 24 galeras romanas fueron hundidas, mientras que las fuerzas púnicas perdieron 30; sin embargo, los romanos lograron capturar 64 naves enemigas. A consecuencia de la victoria, las milicias romanas lograron desembarcar por vez primera en África. Sus legiones, bajo el mando de Marco Atilio Régulo, lograron avanzar hasta situarse frente a las murallas de Cartago. El cónsul romano ofreció la paz, aunque con unas condiciones dracinianas, de modo que los cartagineses optaron por resistir y luchar; con el propósito de reorganizar su ejército, contrataron al general espartano Jántipo, quien se encontraba, por casualidad, de paso por Cartago. Jántipo logró reunir y entrenar un ejército de 4.000 jinetes y 100 elefantes. Unos ocho meses después de la derrota de Ecnomo, estas preparadas tropas vencieron a los romanos que asediaban la ciudad y tomaron prisionero al cónsul Régulo. Durante la evacuación de las milicias romanas hacia Sicilia, sus naves fueron atacadas por las cartaginesas y se produjeron grandes pérdidas por ambas partes. Para desgracia de Roma, una trmrnda tormenta destrozó el resto de las naves de la flota frente a Caramina, en la costa sur de Sicilia; el desastre fue de tal magnitud que la fuerza naval romana quedó reducida a 80 naves de guerra. Al enterarse del descalabro del enemigo, los cartagineses enviaron refuerzos a Sicilia (soldados de infantería y elefantes), pero, finalmente, el equilibrio de fuerzas en la isla no se alteró.
El senado ordenó construir más naves y, durante el invierno de 255 a 254 a.C., se botaron 140 barcos, una cifra que demostró la gran capacidad de producción a la que había llegado en poco tiempo la industria naval romana. Sin embargo, en 253 a.C., la meteorología volvió a jugar una mala pasada a las fuerzas romanas. Una violenta tormenta frente a la costa de Lucania hundió más de 150 navíos; la flota fue destruida y miles de soldados murieron. Roma realizó otro esfuerzo, y al año siguiente ya disponía de más de 100 unidades de combate, con las que atacó Lilibeo y realizó algunas incursiones en África, aunque sin éxito. En el año 251 a.C., Roma logró significativos progresos en Sicilia, con la caída de Palermo y la mayor parte del oeste de la isla. Pero la fuerza naval enviada para atacar Lilibeo fue derrotada por los cartagineses en aguas de Drapana. En 249 a.C., Roma sufrió otro desastre naval y otra tormenta devastadora perjudicó gravemente su flota. Al año siguiente, los cartagineses enviaron al general Amílcar Barca a Sicilia, donde éste recuperó Palermo, pero no logró inclinar la balanza del lado cartaginés.
Mientras tanto, Roma había rehecho de nuevo su flota, con la que triunfó en las Islas Egates, privando de suministros a Amílcar. Éste, fatigado después de varios años de lucha ininterrumpida, en 241 a.C. firmó la paz con los romanos.

La segunda y tercera guerra Púnica

Los principales combates navales durante la primera guerra Púnica.

Después de firmar la paz con los romanos, Cartago se vio obligada por primera vez a abandonar Sicilia, salvo Siracusa, que siguió gobernada por Hierón II, aliado de Roma. Los cartagineses, además, tuvieron que pagar una fuerte indemnización. Las fuerzas navales de ambas potencias habían quedado muy maltrechas después de los últimos enfrentamientos. Roma había aprendido una lección: el poder naval no se improvisa; no es suficiente construir muchos barcos de gran calidad si las tripulaciones que los han de gobernar son inexpertas e incapaces de afrontar una tormenta. Cuando se firmó la paz de 241 a.C., Roma había perdido, en los 23 años de guerra, unas 650 naves. Los astilleros de ambos bandos tuvieron que hacer duros esfuerzos para recuperar los barcos perdidos, pero lo más difícil era restablecer las tripulaciones y, sobre todo, sustituir a los numerosos ofiliales desaparecidos. Cartago con mayor tradición marinera, pudo reclutar expertos en sus colonias; sin embargo, Roma, cuya población era eminentemente agrícola y seguía de espaldas al mar, tuvo mayores dificultades para restablecer su fuerza naval con marinos de cierta experiencia y oficiales reclutados en Grecia.
La segunda guerra Púnica comenzó en 218 a.C., a causa del avance cartaginés en la península Ibérica. Durante los 23 años de paz anteriores, Cartago había reorganizado su flota, y el dominio de Hispania facilitó el control del Mediterráneo y supuso, de nuevo, una seria amenaza para Roma. Sin embargo, al estallar el conflicto, Cartago se centró en las campañas terrestres de Aníbal. Roma envió la flota de los Espiones para conquistar España y, en el año 217 a.C., la escuadra de Cornelio Escipión venció a la escuadra púnica frente a la desembocadura del Ebro. Sin embargo, el escenario principal de la guerra fue la península Itálica, invadida por Aníbal, hijo de Amílcar Barca, tras su famosa expedición con elefantes a través de los Alpes. Aníbal fue derrotado y Cartago perdió su influencia en las costas africanas. El senado provocó un nuevo enfrentamiento que llevó, en 149 a.C., a la tercera guerra Púnica, que culminó con la destrucción de Cartago.